jueves, 9 de julio de 2009

Cuentos de Asidero: La casa de los gatos

Por Asidero (*)

Cuando la Municipalidad removió las vías para embellecer la avenida central del pueblo, perdió todo contacto con el mundo. Los transeúntes de a pie apenas se enteraron de la noticia, pues su imponente altura de gigante en un pueblo de casas bajas solía pasar desapercibida desde hacía varios años.

El galpón de acopio de cereales fue testigo del siglo, desde su ubicación de narrador en tercera persona en una ramificación urbana del nodo ferroviario de Saavedra. Tenía noticias del mundo por las vías que, en ángulo casi recto, se desprendían del ramal y cruzaban la avenida que lleva el nombre del fundador del pueblo. Aunque la compañía de energía eléctrica de junto suele confundirlo con su primo pintor y soldado Cándido, fue Cecilio López aquel primer adelantado de lo que hoy es un alma en pena que reconoce sólo dos salidas para sus hijos: el tren o el micro.

Dos generaciones ya se han ido. La tercera o cuarta antes del éxodo quizá recuerde cuando en ese galpón, que las locomotoras visitaban como amantes furtivos en el ’40, se presentaron Los Iracundos, una noche de los psicodélicos sesenta.

Hoy sólo moran en su enigmático interior gatos semisalvajes y testimoniales, que hace ya una veintena de años fueron llevados como gringos peones que, a cambio de casa y comida, ofrecían su trabajo de antídoto a las ratas que produce el abandono. Increíblemente, sobrevivieron a pestes y desolaciones: acabo de ver, al cruzar como antaño aquella vereda, un anaranjado pequeñito. Arisco, no respondió a llamados que no entendía por urbanos y, sin perder tiempo en protocolos, se metió en la casa que gobiernan, exentos de mezquindad y soledades, enhorabuena.

(*) Colaborador de DiegoKenis.Blogspot.com

domingo, 28 de junio de 2009

Veda- dos

Por Diego J. Kenis

Desde el viernes por la mañana rige la veda electoral en el territorio argentino. Podría objetarse la inutilidad de tal instrumento del Código Electoral en épocas en que los mass media dominan la mesa de los argentinos. Empero, lo más interesante resultaría de preguntarse si la veda electoral no constituye un fenómeno obsoleto por la nula presencia de ideas en la mesa del debate anterior.

Mientras tanto, y a pesar de los candidatos y la veda, Bahía Blanca es una ciudad en la que se debaten en las calles un 11 por ciento de desocupados sobre el total de la población, la gente no tiene agua potable que consumir en el horario que va desde las 9 de la mañana a la madrugada siguiente y los centros de salud están colapsados por el temor a la gripe porcina. La UNS, por caso, cerró sus puertas el viernes pero sólo con alcances “voluntarios”, es decir aplicado al criterio o terror de la gente.

El Secretario de Salud Guillermo Quevedo –candidato a primer concejal por el PJ- estaba “con Cristian” el jueves a la noche en una céntrica parrilla de la ciudad, riendo de los chistes que los imitadores del programa de Tinelli hacían sobre los candidatos mientras Néstor Kirchner esperaba su momento de salir al aire por teléfono. Lo acompañaban, se ha dicho, el Jefe Comunal de Bahía Blanca y también el máximo aspirante peronista al escaño provincial, el abogado Iván Budassi.

La paradoja central radica en que en estos comicios, habrá al menos dos candidatos que se proclaman oficialistas en la ciudad, aunque sólo uno de ellos –el gracioso parrillista- sea el reconocido vástago del Intendente Municipal.

Sin embargo, no encontramos novedades y, antes de la veda, sólo nos han indicado un verbo: “sigamos”. Pero, ¿con qué?

viernes, 19 de junio de 2009

Pedagogo de la Inocencia

Por Diego J. Kenis
Supimos que el ex comunista revolucionario Alfredo De Ángeli objetó el libre voto de peones y capataces en virtud del derecho que otorga la posesión de hectárea o camioneta. Sin embargo, él dice que prefiere que le digan “pelotudo” a que lo llamen “golpista”. El Fraude Patriótico es más elegante que una cruel dictadura, permite mantener las formas en reuniones y banquetes. Será por eso, tal vez, que su otrora compañero de ruta Eduardo Que La Inocencia Te Valga Buzzi expresó hace ya unos meses que el bravucón lo tenía “hinchado las pelotas”.

Es, con todo, esta alianza con De Narváez que ostenta el orangután, algo que no extraña por su reiteración sistemática en el devenir de nuestra historia. Sí sorprende que los dos centenares de asesores que aconsejan al colombiano ir al circo sin pan de Tinelli o le alcanzan un nuevo teléfono celular al desayuno no hayan objetado en este caso su desfile con el líder del exabrupto.

Con el nombre tanguero y de arrabal que indica (José Pablo) Feinmann y el carácter de abnegado trabajador rural cuentapropista que le endilgó Mariano Grondona- pinturas son pinturas- el chacarero estrella del momento se paseó por los barrios y pueblos en compañía del Joven Maravilla, un empresario sensibilizado a las inquietudes de burgueses asustados.

Eduardo Buzzi, el gran pedagogo de los argentinos, nos explicaba que la Sociedad Rural ya no era una manga- en perfecto sentido scalabrino- de oligarcas sino productores que- tal vez- alquilaban sus propiedades a los grandes que así se evitaban engorrosos problemas en la ventanilla de AFIP. Puede estar en lo cierto, pero lo más probable es que ese dibujo literario lo sorprenda, aún a él, pedagogo de inocencia, en la vereda equivocada.

viernes, 29 de mayo de 2009

Víctimas y victimarios (*)

Por Diego J. Kenis
Las víctimas son igualmente víctimas. Nadie puede decir nada a los familiares, tampoco, que recorrieron un camino de dolor que se presenta como la más angustiante de las amenazas sobre la sociedad toda y es aprovechada muy bien por los medios de comunicación actualmente en campaña y siempre en venta de pautas publicitarias, tal el caso de La Nueva Provincia, que pretende impugnar con el homicidio del día la candidatura del ex fiscal Cañón, o la de su director, Vicente Massot, quien regentea la empresa de seguridad privada Megatrans.

Las víctimas son igualmente víctimas y a los familiares su más que entendible dolor los hermana. Surge entonces el inconveniente de preguntarse por qué los victimarios no son igualmente victimarios, en este circo morboso que proponen ciertos medios. La fotografía de Luciano Martín, el presunto homicida del taxista Alfredo Pianesi, recorre los medios de comunicación, así como el relato en que se acusó a sí mismo ante el fiscal Long. Martín reconoció haber ultimado a Pianesi, así como también encontrarse drogado en el momento de cometer el crimen.

En cambio, no circulan fotos sobre Juan Enrique Peri, estudiante de abogacía del barrio residencial Palihue, que manejaba su moderno Citröen 3CV la madrugada en que mató a Tomás Osorio e hirió a otras dos personas. Tan pronto como advirtieron el peligro, sus familiares dieron de baja su perfil en Facebook, que aún aparece en el buscador Google.

No mucho más brinda internet sobre el rubio asesino al volante, lo cual nos deja ver el nulo seguimiento periodístico que se hizo sobre el tema y nos impedirá saber, a los lectores imparciales, el resultado del examen de alcoholemia al joven aspirante a abogado. Tenía “aliento a alcohol”, según el policía que lo aprehendió antes de que quedara en libertad.

Tampoco se han actualizado los datos sobre el ya mayorcito marino Marcelo Alejandro Fraga, quien en la madrugada del 16 de marzo del 2008 mató a dos estudiantes de la Universidad Nacional del Sur, cuando conducía su Ford Galaxy a más de cien kilómetros por hora en la más concurrida avenida de la ciudad de Bahía Blanca. Fraga admitió haber bebido cerveza en un local bailable del medio. Los cuerpos de los jóvenes fueron despedidos, tras el impacto, a varios metros del lugar. Las llaves, que la chica llevaba en el bolso, estaban quebradas. El conductor intentó darse a la fuga.

Por disposición de la Justicia, el marino fue excarcelado. Nadie publicó sus fotos ni declaraciones completas ante la fiscalía, para que la ciudad entera pudiera repudiarlo, pedir pena de muerte o exigir su detención.

(*) Publicado en EcoDías Nº 291, el 22 de junio de 2009.

viernes, 15 de mayo de 2009

La otredad de la pampa

Por Diego J. Kenis (*)

En un párrafo del apéndice a su bello cuento El Ombú, Guillermo Enrique Hudson esboza la caracterización del gaucho como un ser anarquista que, equivocado, cree ver en Rosas a un par (a un compañero, veremos) que es como él y a la manera de él gobernará. No parece riesgoso aventurar que, con los reparos propios de tal anacronía, Borges hubiera suscripto la afirmación para su propio tiempo. Hay indicios que permiten inferirlo o, al menos, justificarlo.

Rojo en himnos no publicados, radical contrariado en algún momento y conservador por escepticismo, profesó al final de sus años el anarquismo. El prólogo y el relato que le da título, entre otros, hacen de Los Conjurados un libro en que la inminencia de la conjura en pos de un cambio trascendental se deja adivinar antes que la exquisita prosa que le otorga su carácter. El descubrimiento del gaucho, en una cocina de mate y gayetas en la niñez, lo marcaron según propia confesión. En el luego aborrecido El tamaño de mi esperanza procurará hablar como aquéllos seres fantásticos. Por último, es sabido que veía a la Historia como una serie de retornos incesantes, menos por aquella explicación material de repeticiones cómicas y trágicas que por algún tanteo metafísico, probablemente.

Para testimoniar su concepción circular de la Historia escribió junto a Bioy Casares un relato que recrea y quizá parodia a El Matadero. Fascinante, el apasionado dibujo de Echeverría no apareció hasta después de la muerte de su autor. A El Otro, ese incómodo e irreverente alter ego con el que aceptó el desafío de encontrarse, refirió Borges que Buenos Aires había engendrado otro despótico Ser, análogo a su pariente El Restaurador.

La faceta social y política de Buenos Aires como generadora de déspotas ofrece múltiples vías de análisis. Sabemos que los dos Borges (los del enfrentamiento íntimo y horizontal de Borges y yo, no los de la disputa generacional con El Otro ginebrino) amaban sus puertas cancel, sus esquinas rosadas y pequeñas tertulias. Empero, insistía en la generación porteña de aquellos a quienes consideraban déspotas y, acaso por seguir cierta página inicial del Facundo, equiparaba la Córdoba “libertadora” de Lonardi con el Entre Ríos de Justo José de Urquiza.

Aventuremos, para avanzar, que considerar los errores como equivocaciones y no como marcas congénitas subraya el afecto por personas y querencias en poder de aquel a quien se juzga enemigo. Y este dubitativo paso aparece como ilustrativo porque Borges ha considerado desdichadamente equivocada a esa ciudad invadida, esa Casa Tomada un 17 de octubre, de igual manera que a su entrañable maestro Macedonio Fernández. Según el discípulo, Macedonio había sido yrigoyenista, primero, y peronista, después, por no entrever la posibilidad de que la hermosa y triste Buenos Aires pudiera llegar a fallar en sus pasiones. Bella frase que no deja de atestiguar el amor por esas calles que crean, para sí, un mundo propio y bohemio donde a veces no rige la lógica de los escritorios, jauretcheana ciudad debatida entre el puerto a París y la General Paz de la frontera.

La prosa de Jauretche o Galasso confirman parcialmente la visión que Borges, desde otro esquema de ideas, desde otras costumbres artísticas, intereses e idiosincrasia, esbozó. Sábato la introducirá en Sobre Héroes y Tumbas, cuando exima de culpas de la Barbarie en la quemazón de iglesias a un bienintencionado pero equivocado muchacho peronista. Las equivocaciones son contravenciones a una ética, su acusación suele revestir ironía peyorativa o sentencia de castigo; la maldad congénita, que Borges atribuye a Hitler y por añadidura a Perón, es la ausencia de toda moral y llama a la lucha. Como Rosas para los retratados y queridos gauchos del sajón Hudson, “tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”.

El párrafo, de El simulacro, bien puede resumir el que quizá sea el nudo central del antiperonismo borgeano. A diferencia de Marechal, que sospechó que cantaban la Verdad a voz en cuello quienes el 17 de octubre marchaban hermanados y felices por Perón, Borges recurre a las viejas enseñanzas teológicas o mitológicas sobre los nombres ocultos, que otorgaban poder sólo a quienes los conocían, para enunciar la equivocación que atribuía al arrabal, el mítico escenario donde se batió Jacinto Chiclana. Es decir: denunciaba una mitología peculiar y maligna desde otra mitología que la reconoce. Y tal vez la salude o justifique. Una forma de aristocracia, por qué no.

(*) Publicado la revista Transiciones Nº 24, Mar del Plata, 2009.

Borges y la novela policial: Casi con desdén

Por Diego J. Kenis (*)

Después, Borges, muy cuidadosamente, hizo fuego.

De todas las obras de Jorge Luis Borges (Georgie para los íntimos y los que querían sacar patente prestada de tales), varias de las más logradas las constituyen sus novelas (¿o cuentos?) policiales. Rodolfo Walsh decía que éstas representan, en sí, el ideal del género: un detective aficionado resolvía los crímenes desde las cuatro paredes de su celda en Las Heras, mientras tomaba mate en su jarrito celeste y consultaba (casi con desdén) a Gervasio Montenegro, su Watson puertas afuera, sobre los pormenores que rodeaban al crimen.

Obvio es que la perfección radica en aquello que es fundamental en la narrativa policial de corte inglés –en oposición a la novela policial negra, o estadounidense-: la lógica. En efecto, Don Isidro Parodi resolvía los crímenes con la desventaja de no- estar en la escena donde se ejecutaran, de no ver por sí mismo gran cantidad de pruebas, de dejarse guiar, tan sólo, por los datos de Montenegro, para irlos hilvanando, en rigurosa encadenación, hasta dar con el asesino, el móvil, el cómo.

Uno de los ejemplos más acabados de este rigor imperante en los cuentos policiales borgianos (aunque sin participación de Parodi ni de Montenegro) es La muerte y la brújula. En el relato, los indicios llevan al detective a caer en la trampa del asesino, que sólo trama venganza. Una venganza cuidadosamente urdida: el homicida superará al detective en el terreno, digámoslo una vez más, de la lógica, que es aquel en que se siente imbatible. Y al que sabe que el sabueso no podrá resistirse. Luego es que, “muy cuidadosamente, hizo fuego”.

(La cita, advertirá el lector, coincide con el final de otro cuento del autor, El muerto. Por contenido narrativo tal vez pudiera ser considerado un ejemplo de las categorías que muy al pasar esbozaremos después. Lo cierto es que concluye con una frase bastante parecida, aunque diferente: “Suárez, casi con desdén, hace fuego”. El desdén, en este caso, tomará forma casi ontológica, será un adjetivo del que se podrían perfectamente extraer varias interpretaciones del relato y sus circunstancias; posiblemente, nos cabría especular con una oposición entre el asesino desdeñoso y el cuidadoso, lo que cobrará valor a renglón seguido).

Pero Borges también ha ejercitado, aunque de forma un poco más vaga, el relato policial de corte (norte) americano. “Norte” entre paréntesis, en este caso, porque se mezclan el estilo con los intérpretes: son los poemas y relatos borgianos dedicados a cuchilleros, a compadrones, a matones, donde se narra sin más el crimen. No hay complicadas elucubraciones mentales. En todo caso, sí, descripciones de la moral imperante, de un cierto romanticismo salvaje: el duelo, la ofensa que le da lugar, la narración del combate, un primitivismo no exento de valentía, la exaltación de lo viril en el terreno del honor, y, por qué no, del amor.

¿Tiene esto que ver con las preferencias del autor? ¿Por qué, precisamente, se relaciona al criollo con el hecho policial menos elaborado desde el punto de vista intelectual? ¿Hay reminiscencias aquí de la que según Jauretche era la zoncera madre de la “inteligentzia”, “Civilización- Barbarie”? (¿Y acaso no viene esto ya desde el mundo de las Ideas platónico, superior al mundo sensible?) ¿Habla a favor o en contra del paisano esta tendencia al guapeaje, a cometer el crimen de frente, en un duelo la mayor parte de las veces, frente a lo acostumbrado por los criminales “civilizados”, que suelen elegir la estratagema del engaño?

Cierto es que se puede trazar, claramente, un paralelo. Cierto es, también, que Sarmiento, a la hora de buscar un “algo” con que elogiar a Facundo (que no era otra cosa que volverlo un poco más humano, elevarlo, des- demonizarlo para poder destruirlo) apela a su profunda valentía, a su temeridad felina. También (y seguir más allá de este renglón significaría irnos de tema, quizá irremediablemente) Borges destaca la valentía del Facundo, que en el Más Allá replica a Rosas su falta de coraje, lo que no es otra cosa que el personalismo. Des- demonizarlo, al Facundo, al criollo, para poder destruirlo.

Después, Borges, Sarmiento, casi con desdén, hizo, hicieron, fuego.

(*) Publicado en la revista Transiciones Nº 24, Mar del Plata, 2009.

Cuentos de Asidero: Uno y Otro

Por Asidero (*)

Nunca terminó de cerrarle el proyecto oficialista en sus ribetes zurdos, como lo prueban la inclusión de un ex militar y un médico de una empresa ahora recuperada en la boleta para concejales del Partido que domina, en las últimas elecciones legislativas. No en vano durante el conflicto con el campo, decía a sus íntimos, en tardes de paseos por el Parque, que su rol político era ser “un productor agropecuario”. Por esas mismas horas era elegido por los Notables del Partido como su Presidente local, en unción sin internas.

Siempre profesaron su irremediable otoño: siempre se las ingenió para caer bien parado. Su desgastado corazón no le impide seguir con dos vicios fundamentales: el cigarrillo y el arreo de hombres. Sabe manejarlos, sabe contentarlos, sabe poner el pecho paternal en momentos de disimulo y malestar, sabe hacerles creer que triunfaron con él.

Las historias del periodista y el político se cruzan en muchos puntos. El abuelo del periodista compartió trabajo y militancia con el padre del político. Alguna vez, éste último contaría que se hizo peronista cuando descorrió el velo de un busto peronista confundido en un galpón, una cosa que empieza con P.

Eran años duros y felices; tiempo después, el padre de uno sufriría la incertidumbre de una temporaria desaparición familiar y el abuelo del otro escondería un libro clandestino de Perón bajo el armazón del sofacama, que el periodista encontró hace poco, cuando aún contaba penas del exilio madrileño en el adiós de adentro de un sillón.

Una vez por año, con regularidad, se encuentran. Suele ser al calor de un grabador, donde quedan registradas las preguntas “pícaras” del uno y las respuestas a veces dubitativas del otro. La última vez, el político buscó aplomo y su voz resultó categórica; los amigos con los compartía mesa y micrófonos eran los que un mes antes cebaban mate al periodista en torno a una pastafrola maternal, en un domingo pigüense, entre Pino Solanas y Scalabrini Ortiz.

Molesto en su momento, el uno se conformó con mandar al otro tímidos mensajes virtuales, subyacentes con el ridículo. El político aparecía como responsable de la falta de incursión pueril y lo sabía, pero durante un tiempo se conformó con pensar que periodista estaba pagado por algún órgano de la sinarquía internacional, un partido de izquierda vernáculo que no alcanzaba a precisar o las líneas internas de su propio movimiento, las locas de la Plaza. Etcétera , fueron muchas las variantes que barajó en aquél primer momento: era ducho en la condena de traiciones, pero aquí no había ninguna. Nunca habían comulgado, y él sólo entendía el lenguaje de la lealtad o el rencor.

No hay peor astilla que la del propio palo, sin embargo. Se explica: las cobijas de la pasada militancia le quedaban grandes y eran calurosas cuando veían bañadas de preguntas. En la primera tarde, un invierno inaugural de los encuentros anuales, no la pasó bien, y negó ser sapo de otro pozo en el nicho que el otro conocía mejor, más por lecturas solitarias que por la militancia ardua que le estaba negada en el juego de lealtades que el jefe disponía.

Hoy, ya es todo distinto. Quienes parecían entonces ganadores encuentran hoy el riesgo de doler por ya no ser. No tendrá el uno problemas en salir del ocaso, al fin y al cabo es del bando de los ganadores. Del otro no se sabe qué será. Los de La Lucha por la Liberación Nacional ya no contestan sus llamados, como antes no contestaban los del Uno. Este texto quizá sea un acercamiento de lo que venga, de ahora en más.

(*) Colaborador de DiegoKenis.blogspot.com